Travesía Bogotá – Girardot 2015

Violeta-Lasciva_n

Cómo una patancocita afrontó el reto Verdextremo

Las ansias comenzaron en el momento mismo de pagar la inscripción. En el 14 Ochomiles del Andino, con una tos tremenda que casi no me deja respirar, pagué el día del último plazo. Y ahí mismo empecé a pensar, realmente, en lo que me estaba metiendo. Me decía: “Ay por dios cuanta gente PRO estará allá, con sus super bicis y acostumbrados a competir y andar en bici por años y yo con mi bici sencillita y con algo de experiencia, pero no la suficiente.” Mis pensamientos iban acompañados de manos inquietas y gestos preocupantes producidos por una ansiedad que mezclaba temor y emoción por el que sería el primer gran reto que iba a tener con mi bici. La mañana del sábado 28 me levanté muy temprano para llegar a Mosquera a tiempo dando pedal. Por fortuna la distancia que separa mi casa del pueblo es de solo 21Km, lo suficiente para  calentar un poco las piernas antes de empezar.

 

Salimos, por fin, ¡qué susto! El grupo ya se había organizado y la multitud que conformábamos era pasmosa. A pocos kilómetros empezó lo bueno (entiéndase polvo, mugre, piedras y demás) y yo ya estaba entre las últimas. Dije: Bueno, no importa. Hay gente que empieza rápido y a la mitad va cansada. Esto es solo el comienzo y nos quedan cientos de Kms más, así que no nos apuremos. Efectivamente me dio un poco de alegría empezar a pasar a unos cuantos ciclistas en las primeras cuestas cortas. Llegamos a un punto en que se dividió el grupo y ni supe porque, pues el mapa de ruta indicaba separaciones mucho más adelante. En fin, continué con el grupo que no atravesó el vallado.

Cuando llegué a Bojacá la alegría se esfumó un poco pues vi tal cantidad de ciclistas que llegué a la conclusión que iba tan despacio que fijo ellos ya habían desayunado y hasta reposado y yo hasta ahora ahí, mirándolos. Escuché un grito masculino que decía ¡Vámonos, sigamos! Y yo ni corta, ni perezosa, solo con el juguito en caja del refrigerio dije Pues sigamos y me fui detrás del grupo. Por el camino que tomamos había una cuesta corta, pero lo suficientemente empinada para subirla con el plato más pequeño… pero a mí no me sirvió, así que tocó con intermedio y piñón grande. Ay, otro momento de bonita felicidad: ciclistas con sus platos chiquititos y sus piñones grandísimos a los que sobrepasé, con dificultad –claro-, pero los pasé. Algo de fuerza como para haber logrado esa pírrica hazaña.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *